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LA MÚSICA EN EL NORTE DE BOYACÁ DURANTE PERÍODO COLONIAL.

  • albaluzbonilla
  • Mar 21, 2021
  • 12 min read

Updated: Aug 5, 2023


Abreviaturas:

A.G.N. : Archivo General de la Nación. A.R.B. : Archivo Regional de Boyacá. A.P.CH.: Archivo Parroquial de Chita. T. : Tomo: f.r. : folio recto. f.v : folio verso. Leg.: Legajo.


El objetivo de este artículo es conocer las expresiones de la música en las comunidades indígenas de origen Lache y de los blancos y mestizos durante el período colonial, atendiendo a las manifestaciones particulares del proceso de aculturación y sincretismo, narrando y analizando experiencias de la vida cotidiana que originaron nuevas relaciones inter-étnicas que perduraron en el tiempo permeadas por la práctica del canto y la interpretación de instrumentos musicales.

El período de estudio se centra en el siglo XVII y XVIII, en el espacio geográfico-cultural conformado por los pueblos nativos del Cocuy, Panqueba, Chita, La Salina, Boavita, Chiscas, Güicán y Guacamayas, y en las parroquias de blancos y mestizos de El Cocuy, La Uvita, La Capilla y Chiscas que surgieron en el XVIII.


En la conquista del Nuevo Mundo en el proceso de despojo cultural nativo y evangelización cristiana, los monjes Dominicos, Franciscanos, Jesuitas, Agustinos, y el clero secular, utilizaron la música como medio de adoctrinamiento y notaron la inclinación de los indígenas hacia este arte que promovía una devoción especial y un interés por la realización de fiestas religiosas. (Johannes 2005, pgs.1-3). Al respecto el dominico Diego Durán en México, muy explícito afirmaba en 1570 que “Todos los pueblos tienen fiestas", (…) y por lo tanto es impensable extirparlas (porque es imposible y porque tampoco conviene (Juárez, 2020, pg.111); sin embargo, en la zona de estudio hubo indígenas de "la nación tuneba" que no aceptaron la religión cristiana y huyeron al "sitio del Pantano", en el territorio del resguardo de Güicán y a Tierradentro. (A.G.N. Visitas Boyacá, T. 10. Fs. 207 v. - 209 r.)

Los indígenas laches, en tiempos prehispánicos, también tenían un gusto especial por las expresiones musicales de carácter religioso; en su cosmovisión y relaciones de dependencia de las comunidades respecto a los bienes materiales, realizaban encuentros y ritos ceremoniales en planadas señaladas por menhires en determinadas épocas del año (Osborn, 1980, pgs. 32,140, 142), y acompañaban sus momentos de integración y diversión con el sonido de pitos, flautas, tambores, caracolas, de coros y danzas, como todos los indígenas del oriente colombiano. (Bermúdez, 1987, pgs. 87, 88). Las chirimías, vihuelas, órganos, violines, bajones, sacabuches, arpas y guitarras fueron instrumentos traídos por los españoles.

Las actas de visitas eclesiásticas son de extraordinaria importancia para el objetivo de este trabajo. Estas visitas se realizaban a las doctrinas o curatos de indígenas cada dos años, con el fin de mirar el comportamiento tanto de doctrineros como de indios y también de españoles “vecinos de Tunja” que se fueron agregando paulatinamente a las doctrinas de los pueblos indígenas o resguardos. El visitador era un cura de otra parroquia de superior categoría, delegado por el arzobispo de Santafé.

En estos encuentros debían estar presentes todos los indígenas y los vecinos agregados. Según las actas que quedaron como constancia, en la primera ceremonia presidida por el padre visitador se cantaba el “Antífona Ecce Viz Prudens” en la puerta de la iglesia; a continuación se celebraba la misa y en la adoración al Santísimo se cantaba el “Himno Tantunergo Sacramento” (obra de Santo Tomás de Aquino), luego el visitador revisaba los Santos Óleos y pasaba a la Pila Bautismal cantando el “Himno Veni Creator Spiritus”, allì cantaban Antífonas ordenadas por el “Ceremonial Romano” y finalmente se realizaba la procesión de las benditas almas dentro y fuera de la Iglesia cantando los Responsos. (A.P.CH. Varios libros)

Los misales y manuales registrados en los inventarios, que también eran revisados por el visitador, destacan la importancia del canto y de la música, pues en ellos están las oraciones y salves usuales en la liturgia de la época. En el inventario de las "Alhajas" de la Iglesia de Chita en 1621, hay cuatro misales, entre ellos un misal impreso en Salamanca en 1584 (A.P.CH. Libro 1° General, f. 30 r.). Por estos libros y por los nombres de los cantos del ceremonial, se deduce que desde comienzos del siglo XVII ya estaba presente en la región el Canto Gregoriano que se había recapitulado en la Edad Media y generalizado en las iglesias católicas, junto con la polifonía del Renacimiento.

La voz y la destreza de los nativos para interpretar los instrumentos musicales la describe el padre Francisco de Arce por los años treinta del siglo XVII; cuenta el padre que en la “escuela” de la Salina él pagaba un profesor de música, que la iglesia tenía órgano y los indios eran muy diestros en el canto y en tocar las flautas y las chirimías con los cuales amenizaba las ceremonias religiosas. (A.G.N. Visitas Boyacá, T. 13, f. 456 r.)

En todas las doctrinas se celebraban las fiestas de la Patrona del pueblo, de San Juan Bautista, de San Pedro, de las Cofradías, entre otras. El padre Martín Amaya (1930, p. 39-41) narra los siguientes hechos que tomó del Archivo Parroquial de Chita; cuenta que hacia 1639 se prohibieron algunas fiestas religiosas de los indígenas, porque los doctrineros consideraron que los nativos las aprovechaban para embriagarse y continuaban los días siguientes en el jolgorio abandonando las sementeras.

Por esta época, la patrona del pueblo era Santa Catalina y los nativos ya sabían de la prohibición, sin embargo, mandaron hacer una estatua de la patrona y se prepararon con bebidas para la celebración. Pasadas la ceremonia religiosa y algunos juegos, y ya medio tomados, recorrieron las calles del poblado cantando coplas satíricas contra los españoles y mestizos, porque a ellos no les habían prohibido nada. Estas coplas, mitad en castellano y mitad en su lengua nativa, las acompañaban al son de chirimías y tambores. El alboroto continuó hasta que el corregidor con ayuda de algunos vecinos, apresaron al alférez de la fiesta y a los caciques y capitanes que lo acompañaban, los encarcelaron y los castigaron con el látigo.

Los indígenas, como represalia, no volvieron por varios meses a la doctrina y celebraban fiestas en sus campos con motivo de algún matrimonio, la plantación de una cruz, el entierro de un párvulo, con tal de hacer fiesta. También presentaron una petición al visitador Presbítero Diego de las Peñas Osorio (1640), para que les restituyera el derecho a sus fiestas pues por esto se habían perdido las cosechas y que tenían muchas dudas en la fe católica y si les quitaban las devociones “volverían a sus antiguos ritos de la gentilidad”, por lo cual, el visitador les concedió licencia para celebrar las fiestas de las cofradías, de la patrona Santa Catalina y de los santos de su devoción “con toda la solemnidad que pudieran”. (A.P.CH. Libro 1° General, fs. 42 r. v.)

Hay evidencias de la importancia del canto y de la interpretación de instrumentos en las ceremonias religiosas. Fray José Palomeque en la visita que hizo al pueblo de Chita en 1715, dejó constancia de que el doctrinero tenía “coro, un órgano muy bueno, instrumentos, músicos, libros y papeles de música” (A.P.CH. Libro 3° de Bautismos, f. 18 v.), también, Fray Alonso Lara de Morán quien fue cura de esta doctrina por los años treinta del siglo XVII, “tenía mucho cuidado con los cantores y les enseñaba continuamente porque servían al culto divino,” y en sus apuntes señalaba que “se aliñaron las chirimías y el sacabuches se hizo de nuevo, y se aliñó la trompeta que estaba remendada y toda rota”. (Amaya, 1930, p. 49)

Uno de los informes más completos de la iglesia de este pueblo es el de la visita de 1753, donde el inventario registra: “un bajón que lo tiene Ambrosio Mulaboque”, “una trompeta la tiene Salvador Hende, trompetero”, “La arañuela la tiene Panqueba”, “un sacabuche, un arte de canto llano, un libro de la Virgen de canto de órgano, otro de Quaresma, otro de vísperas de Ramo, otro de Antí(fonas), otro de villancicos, (…) un cuaderno de villancicos más cinco salves”, que todos estos elementos los tenía Thomas Chaco. (A.P.CH. Libro 4° General de Indios, fs. 285 r. - 288 v.)

Esta información permite deducir que la iglesia de Chita tenía muy buenos instrumentos y textos de cantos; “los papeles de música” podrían ser partituras. También hay referencias de otros años de “muchos cantores”, compra de “nueve pares de atriles de palo”, “el bastidor del coro”, y de interpretación: “cantándose en el coro el Tantum ergo”, “cantándose el Himno Veni Creator Spírirtus”, (A.P.CH. Libro de Bautismos N° 3, f.7 v.) lo que reafirma que en esta iglesia había un coro de indígenas muy importante que cantaba también en latín, con valiosos textos de música, que los villancicos ya eran cantos religiosos y había personas responsables de los instrumentos y de los libros.

Algunos padrones de la segunda mitad del siglo XVIII registran un “cantor” en cada una de las parcialidades principales; eran como profesores de canto y a cambio de su trabajo no pagaba tributo. Así, el pueblo del Cocuy tenía cuatro cantores, el de Guacamayas tres, el de Panqueba tres, el de Boavita cuatro, en Güicán tres y en Chita cuatro. Además, como describe el padre Vicente Ferrer, respecto a los cantores de Boavita, se les daba cuatro pesos por los oficios de Semana Santa más ocho pesos por las funciones de las fiestas de las cofradías. (A.G.N. Fábrica de Iglesias, T. I, f. 358 r.)

Sólo se ha podido revisar el Archivo Parroquial de Chita, pero en los Fondos del Archivo General de la Nación hay informes esporádicos como: en “Chiscas tenían un violín para el coro”, “se compró un violín para la iglesia del Cocuy”, el pueblo de Boavita tenían un órgano y había un indígena muy hábil para tocarlo. (A,G.N. Caciques e Indios, T. 60, f. 648 v.)

La navidad era una gran festividad; debían celebrar 12 “misas de Aguinaldo”, seis pagadas por los indígenas y seis costeadas por los vecinos y tenían una connotación especial, debían ser “cantadas”. El pesebre del pueblo de Boavita lo había elaborado el vecino Pedro Bernal y constaba de “el misterio” (San José, la Virgen, el Niño, la mula y el buey), los reyes magos con “sus caballitos”, cabritos y otras figuras. (A.G.N. Fábrica de Iglesias, T. 17, fs. 957 r. – 960 v.)

Se advierte que los indígenas también decidían sobre las cuestiones que tenían que ver con la iglesia. Don Ignacio Cano en 1771 declaró que él había realizado unos trabajos en la iglesia de Chita y había entregado la iglesia entejada y enmaderada, acabada de cal y canto y empañetada las paredes por dentro; quiso “enlatar” el coro con chusque y ladrillo pero que ­­­­­­­­­el cura no consintió y “especialmente los indios”, diciendo que “debía ser entablado”. (A.R.B. Fondo Archivo Histórico de Tunja, Leg. 253, fs. 18 r.- 22 v.)

En el siglo XVIII la población blanca y especialmente los mestizos aumentaron considerablemente, y algunos solicitaron la creación de parroquias para legalizar su permanencia en el lugar que residían y no depender de la autoridad del cura doctrinero del pueblo al cual estaban agregados. Así que compraron sus “alhajas” o reclamaron las que habían contribuido a las iglesias de los pueblos de indios. La parroquia de la Uvita reclamó su pesebre al pueblo de Boavita; algunos vecinos de Chiscas reclamaron cuatro atriles y un misal al pueblo de Guacamayas; de la parroquia de La Capilla como se había separado de la Uvita, “su iglesia tenía muy poco adorno”. La parroquia de El Cocuy, primera en separarse del pueblo de indios (1751), para 1764 ya su iglesia tenía arpa y vihuela para las fiestas más solemnes. (A.R.B. Fondo Eclesiástico, Leg. 3, f. 495 r.)

Letras de canciones españolas de música popular no se han encontrado en los documentos de la época para la región de los laches, posiblemente porque era prioritario el registro de información de padrones indígenas, por los tributos, de padrones de vecinos, por los impuestos, de litigios y otros hechos de carácter administrativo, pero las canciones populares llegaron con la tradición oral de los españoles, otras nacieron del amor y el desamor y de las costumbres picarescas locales. En todo caso, las fiestas de bautismos y otras reuniones familiares, especialmente los matrimonios se alegraron con romances, tonadas y coplas acompañadas de flautas, chirimías, vihuelas y de bailes; las ordenanzas eclesiásticas de 1772, escritas en uno de los libros del Archivo de Chita por el padre Miguel de la Rocha, prohibían los “casamientos” en vísperas de las fiestas religiosas porque “trasnochados con las diversiones y bailes” no cumplían con la misa al día siguiente. (A.P.CH. Libro de Bautismos N° 3, f. 9 r.)

Una copla del Padre Historiador Basilio Vicente de Oviedo, nacido en Socotá, ilustra el estilo de la literatura del siglo XVIII, así:


"Aquel hombre que allí viene

con horrible desatino,

no viene como conviene

que viene como con vino."


Avanzando unos pocos años en el período de estudio, cuando don Manuel Ancízar y sus acompañantes en el viaje a las Provincias del Norte en 1850, en el camino de la Uvita al Cocuy al pasar por el alto de El Escobal, escucharon una melodía triste que se devolvía por el eco de las montañas; vieron a lo lejos una mujer vestida de bayeta y sombrero grande de trenza que le cubría el rostro. El guía les contó que era una mujer que vivía sólo con su hija y tenía un pobre rebaño en ese lugar inhóspito, y cantaba porque cuando no lo hacía, bajaban los buitres y le arrebataban los corderitos. Le gritaron para dejarle algún regalo, pero ella sólo sonrió, bajó la cabeza y siguió cantando. Los viajeros continuaron su camino, intrigados por la vida de la "vieja cantora". (Ancízar, 1853, pgs. 230-232)


En el novenario de los difuntos una comadrona dirigía las oraciones y el canto de “El Santo Dios”, pero las ordenanzas eclesiásticas recomendaban a los curas no permitir estos rezos, debido a que resultaban costosos para la familia del difunto y generalmente terminaban en “borracheras”. También fueron prohibidas las “corridas de toros” porque “eran un manantial de inquietudes y ofensas a Dios” (A.P.CH. Libro 3° de Bautismos, f. 8 v.), pero estas prohibiciones seguramente no se cumplieron porque son costumbres que, con algunas modificaciones, aún subsisten.

Una actividad que involucraba a todos los grupos socio-raciales era la cacería de venados, indispensable en la fiesta del Corpus Christi. Varios días previos a este evento, un grupo de músicos recorría las calles del poblado cantando y tocando chirimías, tiples y tambores para recordar la fecha y la hora de salida de los cazadores hacia los fríos páramos de la cordillera. El día que regresaban los cazadores, el grupo musical los acompañaba desde la entrada del poblado hasta colgar en la puerta de la iglesia el trofeo, “un venado”. (Amaya, 1930, pgs. 56-58).

Los desfiles de grupos musicales que se repetían en las fiestas de la patrona del pueblo o de la parroquia, de San Juan Bautista y de Santa Bárbara, han trascendido en el tiempo y se reflejan en las Bandas Municipales que engalanan las fiestas pintorescas de los municipios actuales de la región y de otros municipios de Colombia.

El registro de “una matraca” en los inventarios de la Parroquia de Chita (A.P.CH. Libro 4° General de Indios, f. 12 r.), es también una prueba de que desde la Colonia los sonidos de la música se silenciaban en la Semana Santa y sólo se escuchaba el sonido de este instrumento de origen español, que reemplazaba el sonido de las campanas para avisar a indígenas y feligreses el comienzo de los oficios religiosos.

En conclusión, la música, en sus categorías de canto e interpretación de instrumentos, fue un elemento de extraordinaria importancia en el proceso de aculturación de la religión católica en los indígenas laches, con excepción de los tunebos; los curas y monjes encontraron en las melodías y en las fiestas una estrategia asertiva de evangelización, al tiempo que los nativos reivindicaban sus tradiciones ancestrales que les permitían los encuentros y momentos de esparcimiento y diversión, como forma de escapar por momentos a la fuerte explotación económica, dominación política e ideológica.

En las comunidades laches y de blancos y mestizos agregados la música siempre estuvo presente en sus celebraciones a la patrona y a los santos; amenizó momentos festivos como los bautismos, matrimonios y fiestas importantes en el poblado y en los campos; igualmente acompañó situaciones de tristeza como las defunciones, y hasta eventos de inconformidad y protesta. Estas actividades crearon nuevas relaciones que debilitaron la segregación racial impuesta por las leyes españolas.

La interacción y suma de costumbres indígenas y españolas se desarrolla en el espacio y el tiempo, en los que se teje un entramado de costumbres y controles en actividades de la vida cotidiana, expresados en la melodía de una guitarra o de un tiple en la montaña, en la dulce interpretación de un coro en una iglesia, el sonido fiestero de los grupos musicales campestres, en las bandas municipales, en la tradición oral y en todas las actividades alegres y tristes de los habitantes de la región.

De esta forma, la música fue el acompañamiento imprescindible en el proceso de aculturación y sincretismo de indígenas y españoles que habitaron el norte de Boyacá en el período colonial, en donde se formaron “estructuras de larga duración”, en términos de Fernand Braudel, que se consolidaron en el imaginario colectivo y cuatro o cinco siglos después, a pesar de la globalización, muchas de ellas se niegan a desaparecer.

P.D. Mis agradecimientos a Beatriz Bonilla Sepúlveda, Magíster en Lingüística Hispanánica, por las correcciones de estilo y redacción.


BIBLIOGRAFÍA


FUENTES PRIMARIAS.


Archivo General de la Nación:

Fábrica de Iglesias Tomos: 1, 17

Poblaciones Boyacá Tomo 1

Visitas Boyacá Tomos: 10, 13

Visitas Bolívar T. 3

Caciques e Indios T. 60

Archivo Parroquial de Chita

Libro 1° General.

Libro 4º General de Indios.

Libro 3° de Bautismos.

Archivo Regional de Boyacá:

Fondo Archivo Histórico de Tunja, Legajo 253.

Fondo Eclesiástico, Legajo 3.


BIBLIOGRAFÍA IMPRESA.

Ancízar Manuel. (1853). Peregrinación de Alfa. Por las Provincias del Norte de la Nueva Granada en 1850. Bogotá: Imprenta Echeverría Hermanos.


BIBLIOGRAFÍA CONTEMPORÁNEA.


Amaya Martín. (1930) Historia de la parroquia de Chita. Tunja: Imprenta Departamental.


Bermúdez Egberto.(1987) La música indígena colombiana. En: Maguaré. Revista del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia. N°5.


Bernand, Carmen. (2015). Université de Paris, Quest Nanterre Francia. Músicas mestizas, músicas populares y contracultura en América (siglos XVI-XIX) En: Historia Crítica N° 54. Bogotá, Universidad de los Andes.


Braudel Fernand. (1970) La Historia en las Ciencias Sociales. 2ª. Ed. En: español, Madrid: Alianza.


Johannes Meyer. (2005) La música como herramienta de evangelización de los misioneros jesuitas. Universidad Libre de Berlín.


Juárez Cúneo Miguel P. (2020) El aporte patrimonial de la música sacra de la ciudad de Cuenca-Ecuador. Tradiciones europeas y mestizaje postcolonial. Coloquio Revista de Pensamiento y Cultura Vol. 7


Osborn Ann. (1985). El vuelo de las tijeretas. Bogotá: Banco de la República.


Oviedo Basilio Vicente. (1939) Cualidades y Riquezas del Nuevo Reino de Granada. Bogotá: Imprenta Nacional.


Pérez González Juliana. (2004). Génesis de los estudios sobre música colonial hispanoamericana: un esbozo historiográfico, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.


Rivero Juan.(1883) Historia de las Misiones de los Llanos de Casanare y los ríos Orinoco y Meta. Bogotá: Imprenta de Silvestre y compañía.



 
 
 

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